Sueños húmedos con helechos

MEDIO AMBIENTE

La biofilia no son sueños húmedos con helechos. Ni tampoco atracción sexual por los pies de un mandril. Por más que las filias estén malamente catalogadas como excentricidades o gustos de dudosa reputación, la biofilia puede respirar tranquila ya que no se encuentra bajo el prejuicio de estas etiquetas. Simple y llanamente es el amor por lo natural o por la naturaleza.

No es tan reciente el interés general por los productos artesanales que recuperan lo hecho a mano y ponen en valor los materiales con los que se producen o la formación de quien los crea. Muchos de estos productos están inspirados en la naturaleza. Y aquí entra en juego la biofilia.

¿Nos trasmiten calma las formas orgánicas? ¿Sucumbimos antes a un diseño de madera que al mismo elaborado en plástico? ¿Somos conscientes del impacto del entorno en nuestro bienestar? Tener un enfoque biofílico a nivel arquitectónico es un acierto seguro. Si bien hay tipologías menos predispuestas a dejarse llevar por líneas sinuosas y referencias vegetales (como por ejemplo un hospital o un juzgado), es posible transformar estos espacios para hacerlos más atractivos y menos rígidos. Empezando por los materiales y por cómo desconocemos de qué están hechas las cosas que nos rodean. Si los procesos de construcción fuesen más honestos, nos ayudarían a comprender patrones y a entender soluciones que han estado ahí desde la arquitectura más antigua.

Todo comenzó con una cabaña de palos sobre un suelo de paja. Ahora se construye casi sin tocar el suelo y a muy poco de tocar el cielo; sin referencias a lo que es en esencia el refugio primigenio: tomar de la naturaleza lo que esta puede ofrecernos y tratar con respeto esos recursos para aprovechar al máximo su potencial.

La biofilia pone de manifiesto la imperfección de lo natural. La desconexión de los procesos industriales y la producción en serie. Que un diseño sea biofílico significa que también lo podemos percibir oliéndolo o tocándolo y que si estamos en la Alpujarra tendrá referencias al paisaje natural de la zona, al espíritu del lugar.

Esperamos de ese diseño, que además sea el reflejo del paso del tiempo. De los materiales atemporales e inmutables no podemos extraer su edad, sin embargo en un aparador de madera maciza leeremos en los anillos para averiguar cuántos años tiene. La biofilia huye de formas racionales, ángulos rectos y acabados brillantes. Muchas veces no es más que el recuerdo de la tierra y sus colores ocres manchados por el verde, que siempre está presente y vivo.

Imagínate una casa. En lo alto de una colina pero aún así rodeada de bosque. Ahora piensa en tu aproximación al acceso: los aromas del césped mojado, el sonido de la grava bajo tus pies, notas el frío y la humedad en el cuerpo.

Ya has llegado, y el calor te invade porque las paredes son radiantes y están hechas de paja y barro. Conducen agua recogida de la lluvia y la calientan gracias al sol. La luz natural baña el interior del espacio diáfano y se enmarcan las vistas de las que se beneficia la posición estratégica de la vivienda. Parece como si siempre hubiese estado aquí.

Huele a madera porque casi todo está hecho de ella, el ciclo natural del agua de lluvia hasta los tanques de almacenamiento se hace visible por el suelo de la cocina y lo oyes como si un pequeño riachuelo atravesase un lugar de paz. Cultivas lo que comes, según la época del año y los espacios de transición te permiten estar en dos sitios a la vez.

Tú estás a gusto gracias a la naturaleza y la naturaleza no se ve perturbada por tu deseo de vivir en ella, porque la has tratado con respeto y recuperas la tierra que has tomado prestada para tu refugio. Suena idílico. Parece que realmente es necesario tener sueños húmedos con helechos para experimentar algo así, pero es posible, es viable, es medioambientalmente sostenible y llegará un momento en que no quede otra alternativa y esta sea la única forma de vivir posible.

Aunque pensándolo así… tampoco estaría nada mal.

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